Lecturas del día domingo 25 de octubre de 2026
Primera lectura: Éxodo 22, 20-26
Lectura del libro del Éxodo.
El Señor habló a su pueblo y le pidió que no maltratara ni oprimiera al extranjero, recordándole que también Israel había vivido como extranjero en Egipto. Le ordenó no abusar de las viudas ni de los huérfanos, pues Él escucharía su clamor.
También enseñó que, al prestar dinero a una persona necesitada, no debían aprovecharse de su situación ni imponerle intereses injustos. Si alguien tomaba el manto de su prójimo como garantía, debía devolvérselo antes de la puesta del sol, porque era su único abrigo para pasar la noche. Dios escucha al que sufre, porque es compasivo.
Paráfrasis pastoral de Éxodo 22, 20-26.
Meditación de la primera lectura
El Señor nos recuerda que la fe no puede separarse de la justicia y la misericordia. Cuidar a quien está solo, al migrante, al enfermo o a quien atraviesa dificultades económicas es una forma concreta de amar a Dios. Preguntémonos hoy si nuestras decisiones protegen la dignidad de los demás.
Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 1, 5c-10
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.
Hermanos: ustedes saben cómo nos comportamos entre ustedes para su bien. Aunque recibieron la Palabra en medio de dificultades, la acogieron con la alegría que viene del Espíritu Santo y se convirtieron en ejemplo para otros creyentes.
Desde su comunidad se extendió el anuncio del Señor, y su fe llegó a ser conocida en muchos lugares. Se hablaba de cómo habían dejado atrás los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y de cómo esperaban a su Hijo Jesús, resucitado de entre los muertos, quien nos libra del juicio venidero.
Paráfrasis pastoral de 1 Tesalonicenses 1, 5c-10.
Meditación de la segunda lectura
La comunidad de Tesalónica evangelizaba con su manera de vivir. También nosotros podemos anunciar a Cristo mediante la paciencia, la solidaridad y la esperanza. Una fe auténtica se reconoce por los frutos que deja en quienes nos rodean.
Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya. Quien me ama guardará mi palabra, dice el Señor; mi Padre lo amará y vendremos a él. Aleluya. (Cf. Juan 14, 23).
R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Te amo, Señor, fuerza de mi vida. Tú eres mi roca, mi refugio y mi libertador.
R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Dios mío, en Ti encuentro protección; eres mi escudo, mi salvación y mi defensa. Cuando te invoco con confianza, me sostienes frente al peligro.
R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
¡Viva el Señor! Bendita sea mi roca. Sea alabado el Dios que me salva y muestra su fidelidad a su elegido.
R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Paráfrasis original del salmo para la meditación.
Meditación del salmo
Amar a Dios es confiar en Él, reconocerlo como nuestra fortaleza y agradecer su compañía. Cuando las preocupaciones parecen superar nuestras fuerzas, podemos volver a esta sencilla oración: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza».
Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Mateo (22, 34-40)
Cuando los fariseos supieron que Jesús había dejado sin respuesta a los saduceos, se reunieron y uno de ellos, experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba cuál era el mandamiento más importante.
Jesús respondió que el primero y principal es amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Añadió que el segundo es semejante: amar al prójimo como a uno mismo. Y explicó que de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.
Paráfrasis pastoral de Mateo 22, 34-40.
Reflexión de la lectura
Vuelve a leer con calma la lectura de hoy. Detente en la frase que más te hable y pregúntate qué invitación concreta te hace Dios para esta jornada.
Reflexión del salmo
Repite despacio la respuesta del salmo y conviértela en oración. Deja que sus palabras acompañen tus preocupaciones, agradecimientos y decisiones de hoy.
Reflexión sobre el Evangelio
Jesús resume el corazón de la vida cristiana en dos mandamientos que no pueden separarse: amar a Dios y amar al prójimo. No basta decir que creemos si cerramos los ojos ante el sufrimiento ajeno; tampoco se trata de olvidar el cuidado de nuestra propia dignidad.
El amor se hace visible en la familia cuando escuchamos con paciencia, en la comunidad cuando ayudamos a quien lo necesita y en la sociedad cuando defendemos la justicia. Este domingo pidamos a Dios un corazón capaz de amar de verdad, con palabras sinceras y acciones concretas.
Para la proclamación en la liturgia, consultar el leccionario católico aprobado. Paráfrasis y reflexiones originales de Oraciones Milagrosas con Fe.